‘LA TRAGEDIA DE PETERLOO’ O CÓMO LA IGNORANCIA ES UN ARMA PODEROSA

El poder de las palabras es inimaginable. Inimaginable dentro, siempre, del límite del lenguaje en el que se exprese. El discurso que se pronuncia, se estructura, tiene el poder de atraer o rechazar, de unificar o separar. Esto es lo que pasó, el 16 de Agosto de 1819, en Manchester. Separación de los trabajadores y sus mandatarios. Unión de los trabajadores y unión de los mandatarios. Una batalla, como la de Waterloo, en la plaza de Saint Peter. ‘Peterloo’, de Mike Leigh.

Joseph (David Moorst) vuelve a casa. Vuelve porque la guerra contra las fuerzas napoleónicas ha acabado. Vuelve abatido, sin ser él, destrozado por el horror que ha sufrido. Vuelve a Manchester. Allí, Nellie (Maxine Peake), su madre, le espera. Le espera con las consecuencias del horror vivido en el campo de batalla, en un Manchester bañado por la supervivencia. Bañado por la hambruna, por los ideales napoleónicos, necesarios en ese lugar, en esas personas y en contra de los que acaban de luchar.

La ignorancia es una arma muy poderosa, pero también es uno de los peores castigos que puede sufrir el ser humano. Un rey regente, unos políticos abstraídos de la realidad, unos jueces aplicando leyes paralelas. Unos trabajadores en otras esferas que la clase gobernante, con diferentes realidades. En medio, un discurso. En medio, la búsqueda de un espacio más justo.

Un discurso es un razonamiento estructurado. Un conjunto de ideas que atraen, que seducen, que inspiran, que nos conmueven, que nos identifican, que nos conectan. Ya sea para unificarnos o alienarnos de ellas. Henry Hunt (Rory Kinnear) entiende el poder de éste. Orador de ideales. Ideales alineados con el pueblo. Él representa el granjero que ha progresado con su trabajo y su esfuerzo. Él, discurso en sí mismo, representa al ideal de granjero de del siglo XIX. Él, es el espejo para todxs los granjerxs.

Así, cada polo social tiene, desde su ignorancia, su discurso. Discurso que colisiona en la plaza de Saint Peter, en Manchester. En un contexto donde los ideales napoleónicos se sitúan detrás de todo, como amenaza para las clases dirigentes y como horizonte esperanzador para las clases obreras. Una batalla sin ganadores. 

Mike Leigh nos hace viajar a un momento de la historia. En Inglaterra, en la construcción de lo que conocemos hoy. Nos lleva, lentamente pero con maestría visual, a aquella Manchester del siglo XIX. A aquellos ideales de la época. A aquellas dos clases sociales. Nos lleva al trauma de la guerra. A la dificultad que conlleva la conquista de derechos. Nos lleva a ese pedacito de historia que merece, y mucho, la pena visitar.

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