‘MIDSOMMAR’ O CÓMO EL ESTIGMA DE AQUELLO EXTRAÑO NOS AFECTA

Solsticio. En latín ‘Soltitium’, que significa ‘sol quieto’. Verano. País donde, durante esta época del año, no se pone el sol. Sol que ilumina lo asiduo y lo ajeno y que muestra las luces y las sombras. Sombras y luces como las de Dani (Florence Pugh) que navega entre el suicidio de su familia y la relación con su novio (Jack Reynor) que se hunde por momentos. Momentos, durante la realización de sus respectivas tesis en una universidad de EE.UU, en el cual deciden junto con sus compañeros de clase, ir a pasar el verano a Suecia, a una comunidad donde creció uno de ellos, a una comunidad para celebrar el solsticio de verano; el sol quieto; el ‘Midsommar’.

Comunidad; comunión; cuando dos puntos o más se unen por lo que tienen en común. Un espacio y un tiempo donde unos procedimientos se sincronizan, como en el pueblo rural que visitan Dani (Florence Pugh) y su novio Christian (Jack Reynor). Pueblo idílico bañado en una naturaleza inminente y una naturaleza purificadora. Pero, a veces, lo que purifica mata inminentemente y, más aún, mata cosas necesarias para poder dar luz y, por supuesto, sombras, a las nuevas cosas que se avecinan.

Comunidad impregnada en rituales; mecánicos, premeditados, con fines. Rituales que hacen de aquello extraño algo ajeno por medio de la afectación, por medio de liberarse de ciertas cosas; más bien por medio de que hagan que te libres de ciertas cosas. Una presión social transformadora en cuanto dicha presión social, dicho ‘status quo’ permanece en el cambio: lo estático en lo dinámico. 

Dinamismos que, a través de celebrar el ‘Midsommar’ en la pequeña aldea rural, dinamiza la relación entre Dani (Florence Pugh) y Christian (Jack Reynor) debido a las fuerzas centrípetas de su relación que realizan una expulsión y un desnudo a través de los rituales brutales que llevan a cabo y que no son partícipes de ello en mente —en cuerpo sí lo son—. Rituales que los llevaran a ver lo extraño, lo ajeno como propio; como un reflejo de lo que ellos infundan en las relaciones sociales; en su relación.

Ari Aster nos arrastra a un mundo terroríficamente idílico en el que el concepto de cuestionar las relaciones humanas a través de una comunidad donde, a través de los procesos rituales y el cambio se mantiene el ‘status quo’ proporciona una nueva visión a las éstas y, concretamente, a las relaciones humanas basadas en el amor romántico del siglo XIX. Por otro lado, el relato del film consigue desvanecer vagamente dicho concepto haciendo énfasis en una estética que relaciona directamente la belleza con el terror.

‘Midsommar’ es un ritual terroríficamente bello y bellamente terrorífico. 

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