Mitch (Sharon Mitchell) y Tigr (Tigr Mennett) están unidas pero no saben cómo ni por qué. Ambas se encuentran en la industria del porno lésbico, la presión que les produce ello y lo bañan todo con el manto fino, delicado y perturbador del consumo de drogas. Su relación va escalando entre cámaras, actuaciones, su vida privada, el cinismo, lo real, la intensidad y el desprecio hasta que no saben más distinguir entre lo real y lo ficcional. Una vida, delante y detrás del objetivo de la cámara, que empezará a desdibujar límites. Unos límites que ninguna había definido. Unos límites que parecen, por ausencia, ahogarlas. Un par de ‘kamikaze hearts’ encontrados en el set y afianzados y desmembrados fuera de él.
Un set que parece extenderse más allá de los estudios de filmación y que se plasman en los discursos. Unos discursos que Mitch explicita sin ningún problema sobre el entendimiento de la performance permanente que es la vida, y Tigr nos muestra a través de los silencios y reflexiones sobre la duda de su propia performance ante la vida y, sobretodo, ante lo que es el querer a alguien. Dos fuerzas opuestas atrayentes que colisionan en los que apreciamos como un set permanente donde el cuerpo va por un lado y lo discursivo por otro.
Cuerpo y discurso se unen, en esta atípica y ficcional (¿o real?) historia de amor a través del uso de sustancias. Sustancias que alteran la performance de cada una de ellas, sus cuerpos y sus relatos discursivos. Unas sustancias que, como los diversos objetivos usados en la cámara, desencuadran lo real y la ficción para, en últimas, jugar a una modificación del entorno (im)permeable.
Juliet Bashore filmó esta película en el 1983 y se estrenó, finalmente, en el 1986 donde muestra el acto amatorial como una performance. Y lo muestra desdibujando conceptos como realidad y ficción, con el cine dentro del cine, poniendo en relación el concepto de persona y personaje, y enfrentando el discurso con el acto.
‘Kamikaze hearts’ es lo performático que puede ser una vida (o no).

