Gianni (Samuele Segreto) es un adolescente que sobrevive en un pueblo de Sicilia trabajando en el taller de su padrastro tras haber salido del reformatorio. Convive con una madre alcohólica y con los rumores y la violencia que causa su orientación sexual en un entorno represivo como en el que habita. Tratando de escapar de su situación, conoce, por accidente, a Nino (Gabriele Pizzurro) el cual le consigue trabajo en la cantera que gestiona su tío. Un trabajo que lo llevará a intentar dejar atrás su entorno lleno de violencia. Una violencia iniciada, siempre, en forma de rumor, de habladuría, y que acaba siendo muy palpable. Tanto que afectará de modo trascendental la relación entre los dos adolescentes. Una ‘stranizza d’amuri’ en el entorno represivo en el que habitan.
Un entorno donde patriarcado y heteronormatividad lo permean todo: la familia como principal conducto reproductivo de estas conductas, la iglesia como reafirmación de lo correcto en lo social, y las relaciones sociales entre individuos como un control de la conducta con una punición si el comportamiento esperado se ausenta de los individuos. En ese ambiente, con esas reglas preestablecidas, las escapadas de los dos adolescentes en la naturaleza son la única realidad -su propia realidad- para ellos.
Giuseppe Fiorello realiza esta ópera prima, basada en un crimen homófobo que sucedió en los años 1980 en Giarre, donde muestra la dominación social que sufre el individuo por un entorno de represión, donde el control social se ejerce, precisamente, entre las personas que lo integran. Aunque hay momentos que el metraje puede parecer largo, la idea del director es hacer hincapié en los detalles, en aquello invisible pero importante para lo narrativo.
‘Stranizza d’amuri’ -‘Fuegos artificiales’ es como la han bautizado aquí en España- es una película dura que contrasta con la cotidianidad que refleja en cada fotograma. Una cotidianidad donde, la mayoría de la veces, es justo donde se desarrolla la violencia más cruel.

