Segmentos de una vida que ensamblan una comunidad en un espacio y tiempo concretos, pero que se expanden más allá de éstos, más allá del fotograma. ‘Historias del buen valle’ nos cuenta la(s) historia(s) de un valle en la periferia de Barcelona. Una periferia que se mueve, que siente, que se escribe a sí misma porque no necesita del centro. Uno(s) retrato(s) fragmentado(s) de historia(s) que construyen un espacio donde la vida se justifica en la vivencia y en la ausencia, y donde el espacio alberga una(s) vida(s) que construyen fragmentos de una comunidad, de un todo. Un todo que vamos cartografiando, fílmicamente, desde lo individual, desde la(s) ‘Historia(s) del buen valle’.
Nietzsche propone tres perspectivas de acercamiento a la historia: la monumental, la anticuaria y la crítica. La primera hace referencia a los grandes eventos, la segunda a aquello heredado que perdura en el tiempo, y la tercera lo que cuestionamos, lo que reformulamos. En ‘Historias del buen valle’ se citan las tres. Y se citan para mostrarnos fragmentos que realizan una historia en el presente. Historia que, como aseguraría el filósofo, no es ciencia pura y conclusiva de la vida, sino algo que, en la yuxtaposición de sus fragmentos, sirve a la vida misma. Y sirve porque es capaz de enlazar personas en un espacio y tiempo concreto, igual que el intervalo entre fotogramas sirve como método de escritura cinematográfico para, precisamente, mostrarnos eso mismo.
José Luís Guerín realiza un documento audiovisual etnográfico sobre el modo en que ocupamos los espacios, e interactuamos en ellos, en un tiempo concreto. Y lo hace con toda(s) la(s) historia(s) que albergan, mostrándolas desde una mirada humanista, abierta, sin conclusión, en constante movimiento, y que se construyen a sí mismas.
‘Historias del buen valle’ es un acercamiento histórico al presente. Un presente mutable y abierto, capaz de escribirse a sí mismo.

