‘DRÁCULA’ Y CÓMO LO QUE POSEES TE ACABARA POSEYENDO

1897. Transilvania, un conde condenado a la eternidad, a alimentarse de lo ajeno, a sobrevivir en un castillo en ruinas. Castillo donde un día llega Jonathan Harker (John Heffernan) con el fin de ayudar al conde Dracula (Claes Bang) a gestionar ciertos asuntos legales. Asuntos que, como abogado británico que es, sabe gestionar muy bien. Lo que no sabe gestionar es la labia del conde, la conducción de las palabras de éste hacia la locura de Jonathan. El cómo es la historia que, desde un convento en Budapest, la hermana Agatha Van Helsing (Dolly Wells) intenta descubrir a través del relato, en un estado semimuerto, de Jonathan que la llevará a enfrentarse, en la noche, con el conde.

Enfrentamiento que llevará a Agatha Van Helsing (Dolly Wells) a plantear su relación con sus creencias; su relación con su fe en Dios y su sabiduría sobre la figura de Dracula. Figura que plantea unos conocimientos suponiéndolos certeros para consolidar dicha figura mitológica. Mitología, la que construye la figura de Drácula, apoyada en los mismos razonamientos que la que construye la figura Dios en la idealización cristiana o a Zeus en la idealización griega.

Estructuras que se repiten en forma albergando otros contenidos. Experiencias, recuerdos y fenomenologías primarias que construyen unas creencias que se repiten, supuestamente, en el tiempo y las cuales son directamente influenciadas por el contexto cultural el cual nos transmite ciertos esquemas de pensamiento y de experiencia. Arquetipos que se convierten en guiones de conducta y que dictaminan ciertas emociones. Arquetipos que construyen, independientemente del tiempo y de la época, una mitología.

‘Las reglas de la bestia’. En representación a dos arquetipos mitológicos. Dos arquetipos que rinden homenaje a nuestro imaginario: la hermana Agatha, monja más próxima a la ciencia que a la religión que procesa, y el conde Dracula, más próximo a aquello civilizado que a lo salvaje. Aún así, ambos juegan su papel fenomenológico en contraposición a lo que son; juegan a sus reglas y dentro de ellas, ya sean de una bestia o no: dos personajes construidos por su background histórico y no por su persona presente. Una relación, la de Agatha (Dolly Wells) y Dracula (Claes Bang), fundamentada en el deseo de posesión, conocimiento y poder más allá de lo físico.

Posesión, conocimiento y poder que en ‘Blood Vessel’ juega la estructura predominante. Vasos sanguíneos que, al igual que sirven para controlar, también sirven para ser controlado. Dracula (Claes Bang) lo sabe bien: sabe el poder que ejerce y ejercen sobre él. Todo, en el barco de las cosechas y los cultivos; en el Demeter. De Rusia a Gran Bretaña. Trayecto que amplia la relación de Agatha (Dolly Wells) con Dracula (Claes Bang), pues afianza la aceptación de la muerte en ella y la resignación a la juventud eterna de él: justo el camino que los une pero que recorren desde extremos opuestos.

Extremos que siguen un mismo compás. ‘The Dark compass’. Ese compás que tememos llamado tiempo. 123 años después, Dracula (Claes Bang) aparece en Whitby Beach rodeado de policías. Entre ellxs, Zoe Van Helsing (Dolly Wells), familiar de Agatha, la cual sufre cáncer. Van Helsing (Dolly Wells) situada en el presente, en el  nuestro, trabajando para la fundación Jonathan Harker la cual emplea sus esfuerzos en intentar descubrir por qué el conde Dracula no envejece; descubrir el secreto de su sangre. 

Sangre, la que busca Dracula (Claes Bang), que no tenga miedo a la muerte. En el presente, Dracula se ve fascinado por la actitud millenial, por esa generación donde el carpe diem es la norma, se ve fascinado por Lucy Westerna (Lydia West), se ve fascinado por ese sinsentido de ése mismo carpe diem, de el gusto que deja la sociedad líquida donde ha ido a parar el conde. 

Es aquí, y así, cuando nos enfrentamos cara a cara con él. Nos enfrentamos cuando le dice a Kathleen (Chanel Cresswell) que debe de ser extremadamente rica, pues sus posesiones terrenales son infinitas. Nos enfrentamos a él cuando llama a su abogado a través de skype para defender sus derechos, aunque sea un asesino, poniéndonos en esa doble moral tan desgraciadamente de moda. Nos enfrentamos a él cuando Zoe (Dolly Wells) hace referencia a los derechos de las mujeres y Dracula le dice que se lo explique, que no lo entiende pues ha pasado un siglo.  Entonces, el conde contesta que mujer, hombre y/o monstruo no tienen derechos a lo que ella le responde que es lo que le gusta a la sociedad, actualmente, llamarlo civilización. Civilización que Dracula asegura que está basada en una democracia la cual es ‘la tiranía de los desinformados’. Todo esto es, en definitiva, un espejo donde mirarse; donde mirarnos.

Mark Gatiss y Steven Moffat nos llevan a la base que creó el mito. Mito que nos sirve como punto de partida para establecernos delante de él y destruirlo; ir más allá, llevarlo a nuestro lado, a nuestros tiempos. Tiempos que nos referencian al Dracula de Bela Lugosi, al de Christpher Lee, al terror de serie B y a nuestra linea temporal propia. 

Línea temporal que intenta desdibujar este Dracula (Claes Bang) matando el tiempo; matando a sus víctimas para sobrevivir. La aceptación del paso del tiempo, la aceptación de la muerte, esa es la cuestión detrás de dicho Dracula: aferrarse al tiempo es vivir en una cárcel. Cuidado, porque te puede pasar como Dracula: lo que posees —la vida eterna— te acabará poseyendo. Y lo peor es que no te vas a dar ni cuenta, como le ha pasado a él.

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