Hirayama (Koji Yakusho) lleva una vida anodina, repetitiva, sin variables que alteren su orden. Un orden en el que está todo programado. Se levanta, cuida de sus plantas, toma su café, enciende el radiocasete de su furgoneta y va a limpiar los baños públicos de la ciudad de Tokyo. Ciudad con la que dialoga, que parece suya y, a la vez, pertenece a ella. Ciudad que le gusta fotografiar, ir a cenar al bar del metro de siempre, comprar libros por 100 yenes, llegar a casa para leer y dormir para, al día a siguiente, volver a repetir dicha rutina. Rutina que, de vez en cuando, altera Takashi (Tokio Emoto), su compañero joven de trabajo, que le habla de los inicios de su vida, le presenta la chica que acaba de conocer y los inconvenientes que se le presentan para estar con ella. Rutina que hace de Hirayama un ente repetitivo pero que halle la felicidad en esos ‘Perfect days’.
Unos días, entre retretes, libros y casetes, donde se presenta su sobrina adolescente Niko (Arisa Nakano). Sobrina que le sigue en su rutina, se sumerge en la sencillez de su tío y comparte las pasiones sencillas de la lectura, la musica y la fotografía. Pasiones que, cuando se presenta la hermana para recoger a su hija unos días después, Hirayama ve más imprescindible que nunca sumergirse en ellas para lidiar con el pasado, para deshacerse de la opulencia.
Wim Wenders realiza un estudio de la persona y lo que la construye en su rutina, en su entorno. Un entorno que, al ser escogido, se mimetiza con el ente presente. De ahí la simbiosis entre musica, lectura, fotografía, silencios y gestos. Unos gestos que dicen más que las palabras, una música que nos mete más en la escena que la propia fotografía y una fotografía que retrata el gesto.
‘Perfect days’ es el retrato del tiempo de una vida.

