El caos como única solución contextual al teatro en el que vivimos. Un fotograma que se ensancha, se abre a lo desconocido. Se abre para que lo racional, lo civilizado, se vaya desquebrajando en un sin sentido que sólo la escritura puede ligar entre sí, en la realidad que ocupamos. Una realidad que cambia de formatos, de colores, transitable en el tiempo, independiente del propio ser y plasmable sólo en palabras. Un paseo hacia los últimos cincuenta años del siglo pasado de la mano del contradictorio personaje de ‘Limónov’. O Eddie (Ben Whishaw). O Savenko.
Un personaje que habita sus contradicciones, dándoles a éstas una resolución de caos como fin último. Un caos constitutivo de él mismo junto a una ambición enteramente capitalista, narcisista, que usa como fundamento el reconocimiento en el otro, en el teatro de lo social. Un paraíso del consumo, excluyente, pero en el que Limónov intenta entrar.
Un paraíso desquebrajado que Kirill Serebrennikov traduce al lenguaje cinematográfico reflejando, precisamente, dicho caos. Caos como modo de ordenar la realidad. Una realidad destructiva, asfixiante, inconexa, incomprensible e individualizada. Una realidad que el director nos lleva a ella en una perdición de planos, diálogos, miserias, glorias y contradicciones que separadas apreciamos inconexas pero juntas nos adentran al caos del personaje ilustrado en el film.
‘Limónov’ es una representación fílmica de lo anárquico, lo inconexo, de la ruptura constante como modelo para ordenar la realidad donde el instrumento principal es el propio personaje, Eddy (Ben Whishaw). Un personaje que tiene como fondo teatral los últimos cincuenta años del siglo pasado, llegando hasta el presente.

