Tomar decisiones importantes, que modifican el mundo y que configuran nuestro futuro y presente. Una reunión donde se favorece al ego como un ente institucionalizado. Un ente que representa una apariencia de la buena salud democrática de las injusticias que, desde las altas esferas, se perpetúan. Mas importancia a la forma que al fin. Un fin que parece que a ellxs también, como personas, les agobia. La reunión del G7 pretende paliar una crisis global. Crisis constante, problemas constantes, comunicados constantes, palabras vacías, y una política más preocupada por la corrección política que por una política aristotélica. Bienvenidos a la reunión del G7, a sus vacíos institucionales, juego de egos, distanciamiento del pueblo y los ‘rumours’ que, constantemente, lo reconfiguran todo.
Unos rumores que no acaban de confirmarse pues las democracias más ricas y estables del mundo -supuestamente- miran al pasado con contemplación, juegan, en sus diversas seguridades, al despiste y al ensalzamiento del propio ego -aquí los directores tiran de estereotipos- y a la distancia de una realidad que, en el quiosco del jardín del palacio alemán, es un sueño que se convierte en pesadilla para lxs mandatarixs. Una pesadilla que inicia con ese pasado que se despierta y los ataca en forma de terrorismo o protestantes.
Guy Maddin, Evan Johnson y Galen Johnson realizan una sátira de la política actual donde su principal función es la inacción de unos poderes que interactúan por y para ellxs, y donde la forma es lo importante mientras que la política aristotélica fundamentada en la virtud brilla por su ausencia. Cierto que el juego fílmico que emplean los directores se agota pronto y los andares del film se saben de antemano. Aún así, es interesante la muestra de que lo políticamente correcto, hoy en día, precede a la política que busca la virtud a través de la organización ciudadana.
‘Rumours’ es, precisamente, la muestra de que lo políticamente correcto no es político.

