El verano de Cécile (Lily McInerny) suena a friendless de Oklou. Suena a las olas del mar de la costa azul, a comer fruta, leer y calor. Suena a una entrada a la adultez con su padre Raymond (Claes Bang) y la novia de su padre Elsa (Nailia Harzoune). Suena a la ruptura de esa rutina cuando llega Anne (Chloë Sevigny) amiga del padre y de la madre fallecida de Cécile. Suena, ese verano, a la doble moralidad, a efímero, a desmitificar, a aterrizar en el mundo de los adultos, a convivir con dualidades y fluctuar entre ellas. Suena a bonjour. Suena a ‘Bonjour, tristesse’.
Una tristeza que va envolviendo un ambiente distendido, va envolviendo una adultez que se aproxima sin poder pausarla. Una adultez donde los sueños van dejando de ser reveladores y la propia revelación viene de la conducta de aquellos que te han introducido en este mundo. Un mundo, para Cécile, donde los silencios ocultan contradicciones y los gestos revelaciones. Un mundo, ese verano, donde aprende dichos silencios y dichos gestos.
Durga Chew-Bose realiza una ópera prima donde, sirviéndose del libro de Françoise Sagan como inspiración, nos adentra desde la inocencia de una adolescente, al mundo de los adultos. Un mundo lleno de complejidades, contradictorio, construido en unos pilares que tambalean la estructura. Una estructura que nunca se ha fundamentado como tal y que, más bien, nos enseña la escala de grises de unos personajes perdidxs pero, a la vez, encontradxs en ese mismo caos. Un caos que, al final, Cécile acepta integrar. Un caos que, aunque sea en la costa azul, en verano y entre libros y fruta, nos persigue y nos conduce la vida.
‘Bonjour, tristesse’ es la entrada a la vida adulta. Una entrada caótica, desconcertante, donde la escala de grises de nuestros silencios, gestos y acciones nos guía hacia lo desconocido.

