Todo se puede capitalizar. Un pasado preindustrial nos ha llevado hasta el hipercapitalismo exacerbado de la actualidad. Incluso los cuerpos, aunque vapóreos -como el de unx fantasma- se pueden ver utilizados para el beneficio de una élite. Ratchapoom Boonbunchachoke parte de ésta premisa para explicarnos, a través de una narración dentro de una narración, la historia de Nat (Davika Hoorne). Una historia que inicia cuando fallece y se reencarna en una aspiradora. Aspiradora que volverá a los brazos de March (Wisarut Himmarat), su marido. Un marido hijo de una familia adinerada que tiene una fábrica de electrodomésticos en Thailandia. Una fábrica donde, al igual que March, muchxs trabajadorxs se encuentran con el fantasma de sus seres queridos. Un espacio, la fábrica, donde confluye pasado y presente. Un espacio donde se les exige a las personas que sean útiles, productivas, funcionales y, por ende, a los fantasmas lo mismo. Que sea ‘un fantasma útil’.
Esa misma utilidad que ha estado guiando la creación de capital y que lo llena todo de polvo, no nos deja ver. Una visión, la del director, donde la función es la que da un motivo para vivir a las personas – y los fantasmas, en este caso- sólo si ésta se entrelaza con el pasado. Un pasado teñido de tradición donde las relaciones entre maquinas y humanos no tienen cabida si no son para producir un bien, de ahí el rechazo de la misma relación entre Nat y March pero desde diferentes entidades corpóreas. Unas entidades que, como el relator que nos induce en esta historia al inicio, se ve situado al margen porque ni el pasado teñido de tradición ni la función atraviesan su vida.
Unas vidas que, como vemos en el film, se ven atravesadas por todo aquello que está más allá de la función. Y es este mismo ‘más allá’, del que el director se nutre para mostrarnos nuevos modelos de esclavización, fundamentados en una tradición capitalista funcionalista.
‘Un fantasma útil’ es una interesante ópera prima con unas ideas muy bien ligadas entre sí.

