En un espacio y un tiempo alejado, desolado, donde la tierra sólo emana si es explotada, habitan mineros y un grupo de transexuales. Entre ellos, Lídia (Tamara Cortés), una niña de 12 años que fue abandonada en el lugar, es acogida y criada por Flamenco (Matías Catalán), una mujer transexual acusada de esparcir la peste entre la pequeña comunidad, al igual que sus compañeras. Peste que se transmite, según los mineros, por la mirada. Una mirada fundamentada en el amor lujurioso de un desierto chileno áspero donde parece que queda la nada. La búsqueda de la verdad, de Lídia, de lo que hay en ‘La misteriosa mirada del flamenco’, de su madre adoptiva, la lleva a descubrir qué hay detrás.
La lleva a descubrir, en el desierto chileno de 1982, dónde residen los espacios de amor. Unos espacios que fisicamente no son visibles, no se pueden buscar con la mirada, pero que se pueden ocupar. Espacios que se ven fundamentados en la propia relación y el modo en que las personas ocupan dicha relación. Entre ellas, entre las mujeres trans que habitan el árido desierto, entre mamá Boa (Paula Dinamarca) y sus hijas adoptivas, entre Flamenco y Lídia, entre Julio (Vicente Caballero) y Lídia. Pero también cómo dichos espacios son frágiles, transformativos e incluso mortales.
Diego Céspedes elabora un espacio y un tiempo donde la mirada lo es todo. No basta con ver, es necesario mirar. Mirar para entender, justamente, dicho espacio y dicho tiempo. Una mirada en la que lo relacional sirve como médium entre quién mira y quién es mirado. Una mirada con tintes de western, en la que el fondo se dibuja, entre algún que otro destello de luz, en la desolación.
‘La misteriosa mirada del flamenco’ es la violencia de un espacio y un tiempo concreto —los inicios de la epidemia del sida—, con destellos de deseos que se formulan en las relaciones humanas.

