Unas termas romanas situadas en un pantano que, cuando el nivel del agua baja, reaparecen. Unos amigos que, volviendo de sus batallas virtuales, deciden ir a darse un baño en ellas. Un baño en el que, conversación tras conversación, se adentran en la noche. Una noche transformadora, iluminada por las estrellas, tránsica, que les permite disolverse en sus cuerpos, en el tiempo, confesando aquello que fueron, que son y que sienten. Un espacio, las termas romanas, encapsuladas en el tiempo pero que se extienden más allá de él. Unas termas y unos amigos que se adentrarán en el trance de la noche, en el agua que fluye, en el tiempo que se disuelve. ‘Anoche conquisté Tebas’ es tiempo, espacio y cuerpo tránsico.
Gabriel Azorín realiza una película tránsica, adentrada en la noche como rito de paso. Una noche que nos lleva, como el fluir del agua, a otros tiempos situados en relación, vividos en paralelo. Unos tiempos romanos y actuales donde se explica un posible por qué del abandono del lugar y, a la vez, un posible sobre su recuperación en el presente. Unas ruinas que se presentan, en el trance renovador que atraviesan lxs personajes, como espacio diluido y firme, espacio de confirmación, redención y transformación. Todo a la vez y la nada del momento.
Un momento, un lugar y unos cuerpos, los que nos plantea el director, que hablan de lo íntimo y lo colectivo, de lo personal y lo social, de la posible comprensión del mundo, el momento presente que se escurre entre los dedos, y el pasado que sigue delante nuestro como una fantasmagoría.
‘Anoche conquisté Tebas’ es una película histórica y, a la vez, del presente. Es de las cosas que se nos presentan y las que se desvanecen en los procesos tránsicos. Es un rito de paso que nos lleva a plantearnos nuestra comprensión del mundo. Un mundo que, como asegura Jota (António Gouveia), late por sí mismo. A pesar de nosotrxs, pero también debido a nosotrxs.

