‘MY SWEET LAND’ O CÓMO SE NOS NIEGA EL FUTURO

Vrej es un niño Armenio de once años. En la frontera con Azerbaiyán, donde habita, los conflictos bélicos por quién se adueña de la tierra son frecuentes. Su día a día se construye a través de una cotidianidad donde Dios, la patria y la prohibición de un futuro, como el de su generación, se les ha negado en nombre de la nación. Una nación, Armenia, que resiste la colonización a través, precisamente, de la negación del futuro para las generaciones venideras. Unas generaciones que, en situaciones desesperanzadoras, tienen que sobrellevar sus esperanzas. Unas esperanzas que no van más allá de la guerra. La guerra por ‘My sweet land’

Una guerra que los planea constantemente, donde su futuro, sus vidas, su cotidianidad y su presente se ve puesta en entredicho por los diversos poderes gubernamentales. Unos poderes que se encargan de liquidar el futuro más allá de la guerra por un supuesto bien mayor. Un supuesto bien mayor que se llama nación. Una nación, enfrentada a la otra en nombre de la búsqueda de poder por los Estados, donde se les redirige la vida de una población. 

A modo de diario visual, Sareen Hairabedian nos muestra tres años de la vida de Vrej en Armenia. Una vida encaminada hacia la guerra como único futuro para sostener la patria. Una patria en la que a él se le niega toda esperanza, porque las esperanzas son insertadas en él para la realización  del conflicto bélico. En últimas, en esas imágenes a modo de diario personal y etnográfico, vemos el modo en que las estructuras se concretizan en lo individual. Una concretización que corresponde a la reproducción del poder tal y como prevalece a los individuxs que, justamente, lo reproducen. 

‘My sweet land’ es un recordatorio de que la verdadera patria son tus amigxs, tu familia, tu barrio, sus gentes y tu cotidianidad, como aseguraba Martín (Federico Luppi) en ‘Martín (Hache)`. 

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