‘KINGDOM’ O CÓMO EL FUTURO RESIDE EN EL CUERPO Y EL DESEO 

Dawid (Bartosz Mikulak) sobrevive en un país al borde del colapso. En dicho colapso, su familia planea huir de su nación y su hermano menor se alista a un grupo extremista guiado, precisamente, por el concepto que creen, aun vigente, de nación como identidad. En dicha nación al borde de la guerra, Dawid pierde el empleo que sustenta a su familia. En la desolación de un mundo en el fin, con el cruce de un imaginario futuro que creen inexistente, Dawid acaba alistándose también a dicho grupo extremista con el fin de salvar la nación, reconstruir su identidad y salvar al ‘Kingdom’. Una salvación marcada por la extrema violencia en una comunidad donde la desconfianza y la supresión guían el modelo relacional. Un modelo que Dawid verá truncado cuando conozca a Jakub (Julian Swiezewski), otro integrante del grupo que, a través del cuerpo y el deseo, le hará vislumbrar que, en el colapso, también hay un atisbo de imaginación para el futuro, al margen de la nación como identidad. 

Una nación que hace aguas por el concepto en sí y porque no es capaz de brindar identidad a quien supuestamente la constituye. Un concepto, el de nación, que se desarrolló en el siglo XX organizando el mapa político alrededor de un sentimiento de pertenencia para, de este modo, otorgarle identidad. Una identidad que procura una estandarización del individuo la cual le sirve al sistema capitalista para una dominación más severa, más disimulada, ya que apela a los sentimientos de comunidad, de grupo, cuando el capital sólo quiere inserir ese pensamiento para seguir perpetuándose. 

Michal Ciechomski realiza una película donde deconstruye el concepto de nación como identidad. Y lo hace en una situación colapsista, donde los personajes no son capaces de imaginar un futuro como un grupo humano que habita una porción de tierra. El deseo apocalíptico de imaginar el fin para, así, continuar, el director lo dibuja en la relación guiada por el cuerpo y el deseo entre dos hombres. Quizás es ahí donde reside el futuro habitable, y no en la concepción obsoleta de la nación como identidad.  

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