‘LA VAMPIRA DE BARCELONA’ O CÓMO DESMITIFICAR UN MITO BARCELONÉS

Principios del siglo XX, Barcelona. Entre las obras de Gaudí, Cadafalch i Montaner se levanta una ciudad inmersa en un estado burgués bien asentado donde la buena reputación es una constante. constante relacionada directamente con el dinero que unx tiene. Constante que, condena a los que no, a una vida de supervivencia. Vida que lleva a Enriqueta Martí (Nora Navas) a ser conocida como la vampira de barcelona, a Teresa Guitart a ser secuestrada y a Sebastià Comas (Roger Casamajor) a mirar en las profundidades del modernismo. Un modernismo que, para que brille, la burguesía se ocupa de ocultar sus oscuridades.

Oscuridades que, dentro del auge económico de la ciudad con una burguesía reluciente, muy conectada con París, un avance artístico, científico y económico progresista avanzado, daba como cara de la otra moneda una parte de la población muy pobre, donde el propio cuerpo era la única mercancía vendible para ganar dinero y poder sobrevivir. 

Mercancía que era comprada por esa misma burguesía, supeditada a mantener la superficie limpia para poder manejar los bajos a su antojo. Antojos que, entre pesadillas, realidades, y las dos barcelonas, el periodista Sebastià Comas (Roger Casamajor) descubre a través de la desaparición de Teresita Guitart, hija de la burguesía desaparecida pero no la primera, pues de la venta de los cuerpos pobres a una clase dirigente había niñxs abandonadxs por las calles, los cuales se desvanecían como el humo. 

Humo que cubría una casa de lujuria, de desenfreno, de desahogo para una clase burguesa contenida por las apariencias sociales y deliberada en dicha casa; dicho burdel. Un burdel que, como descubrió Sebastià (Roger Casamajor), guardaba sus atrocidades. Unas atrocidades fomentadas por los poderes sociales y gubernamentales como la justicia, la iglesia y los medios de comunicación entre otros. Una doble moral —si es que la tenían— muy instaurada socialmente.

Lluís Danés nos visiona una desmitificación del modernismo en Barcelona. Nos presenta unas barcelonas donde el capital era el único factor dominante. Donde el prestigio y las conexiones sociales eran más poderosas que la propia moral individual. Unas barcelonas —así, en plural— donde la falta de moral mancaba en la mayoría de los espacios sociales.

‘La vampira de Barcelona’ es una doble desmitificación: la de Enriqueta Martí y la de la época dorada que trajo el modernismo a la ciudad de Barcelona. Una película que, entre los blancos, negros y rojos, cambiará nuestra visión al respecto. 

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