’MARÍA CALLAS’ O CÓMO SACAR DE LA ESCLAVITUD UN ICONO OPERÍSTICO

La última semana de tu vida. Una vida llena de éxitos, fracasos y, entre dichos polos, tu misma. Una vida invadida por lo público en lo privado, por el fracaso en el talento y por el desprecio en la búsqueda del amor. Una semana, la última, en la vida de María Callas (Angelina Jolie). Septiembre, 1977. París, avenue George Mandel. La soprano, la diva, pasa sus últimos días entre recuerdos, vivencias pasadas, ensoñaciones, pesadillas, sin comer, con Mandrax y en la compañía de Ferrucio (Pierfrancesco Favino)y Bruna (Alba Rohrwacher). Pasa sus días intentando recuperar quién fue, sus días obviando quien ya no es y divagando por un apartamento, una ciudad de los recuerdos.

Es justo el recuerdo, la ensoñación -a veces pesadillesca- y la cruda realidad la que se entremezclan en esta última semana de la Diva que reimagina -en cierto sentido- el director Pablo Larraín. Un recuerdo en el que todo parece mejor, más grande, más magnífico, se recuerda más adorada, con más voz, capaz de cautivar. Pero es en las ensoñaciones -traídas al presente por el Mandrax y otros medicamentos- donde refigura justamente dichos recuerdos. Unos recuerdos que no somos capaces de distinguir de dichas ensoñaciones y, al final, nos devuelven a la cruda realidad del presente, de dicha semana.

‘María Callas’ es una película de construcción temporal compleja, que exige de lx espectadorx adentrarse en ella con ciertos conocimientos previos sobre el personaje pero, también, obviar que hay dicho personaje en dichas temporalidades y difuminarlo todo para, aunque suene contradictorio, acercarse precisamente a la icónica soprano. Soprano magistralmente interpretada por Angelina Jolie no en la voz, sino en el gesto.

‘María Callas’ es un film de redención, de rescatar a una figura cautiva, de adorarla, de mostrar su esclavitud para liberarla. Mostrando, eso sí, los precios que tuvo que pagar por el camino.

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