’THE SMASHING MACHINE’ O CÓMO GOLPEAR EL ÉXITO Y ABRAZAR EL FRACASO

La lucha interna es la más dura. Una contradicción constante a la que nos enfrentamos cada día, sin querer y, a veces, sin poder. Mark Kerr (Dwayne Johnson) lidia con ello. Lidia en su vida privada con su novia Dawn (Emily Blunt) pero también en su vida pública como luchador de la UFC. Lidia con la gloria y el fracaso de ello, con el uso del cuerpo y la gestión emocional. Lidia, en definitiva, con el diálogo propio de lo interno con lo externo, y el modo en que lo externo se apropia del diálogo interno propio. ‘The Smashing Machine’ es su historia como luchador libre del 1997 hasta los años 2000. Una historia atravesada por muchas temáticas, de elaboración compleja.

Benny Safdie elabora un film de formas televisivas, de proximidad con los personajes y con el toque kitsch justo para elevar el guión. Un guión que no destaca por los diálogos que en él se incluyen pero sí en las temáticas de fondo, como el éxito y el fracaso en una sociedad, como la estadounidense, donde éstos se construyen entre la autoexigencia y lo que lxs demás esperan de nosotrxs, ambos atravesados por un ego que en lo público crece como autoprotección pero que en lo privado se destruye. Se destruye tal como el director nos muestra en esa combinación de combates en el ring y desentendimientos con Dawn (Emily Blunt), su novia.

Otra temática que atraviesa el guión es lo privado y lo público y nuestra propia construcción. Una construcción que a Mark Kerr (Dwayne Johnson) le lleva a la adicción a los opioides. Unos opioides que son capaces de aliviar el dolor físico pero no el dolor emocional de un mundo que intenta construir entorno al éxito, negando el fracaso. Un fracaso que se presenta, siempre, más a menudo.

‘The Smashing Machine’ es, a través de una historia concreta, el diálogo entre éxito, fracaso, lo privado, lo público, el ego y, en cierto modo, el propio entendimiento. Y todo tejido con un toque kitsch que le ofrece a la historia veracidad y conexión con el presente, como el propio final nos muestra.

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