’ALPHA’ O CÓMO LO INCONEXO SE VALE DEL ESPACIO/TIEMPO

Una premisa simple, un desarrollo complicado. Alpha (Mélissa Boros) es una adolescente de trece años que vive con su madre Maman (Golshifteh Farahani). En sus escarceos con la adultez que no llega, un día vuelve a casa con un tatuaje de una ‘A’ en el brazo. Se desata el infierno. Un infierno que se entrelaza con Amin (Tahar Rahim), tío y hermano, adicto a la heroína y, a causa de dicho consumo, contrajo un virus. Virus que acecha a todos los personajes, todos los cuerpos, inunda todos los espacios y perdura en el tiempo.

Un virus -la cineasta no especifica cual, aunque se sobreentiende que es el S.I.D.A. o V.I.H.- que invade lo corpóreo pero también el plano mental. Un plano mental en el que Alpha se va hundiendo, en un paralelismo con su tío y con los pacientes que cuida su madre en el hospital en el que trabaja, haciendo que el cuerpo se vea fragmentado moviéndose, éste, entre lo frágil y lo bruto, entre el límite de la carne y la brutalidad exterior.

Unos límites de los tiempos disueltos por una problemática que invaden dichas estatuas marmóreas que ocupan, en una repetición, dicho espacio y dicho tiempo. Unos espacios y tiempos que se entrelazan en un diálogo entre lo externo, lo interno, lo cárnico, lo estático y la modificación voluntaria de todo ello. Una reflexión difícil donde la inconexión es la propia brutalidad sobre los cuerpos, el espacio y el tiempo. Pero, a la vez, también crea irrupciones con su propia narrativa.

Julia Ducournau realiza una película compleja en su aproximación e inconexa en su desarrollo, donde el cuerpo enfermo que habita tiempo y espacio se ve inconexo. Es dicha misma inconexión la que pretende trasladar a su narrativa pero que, en ocasiones, acaba disolviéndose en espirales donde dichos conceptos se friegan entre sí, pero no acaban de chocar.

“Alpha” es intrigante, cruda, frágil, brutal y, al mismo tiempo, inconexa.

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