La franquicia ‘Camp Miasma’, después de años de secuelas, ha perdido el interés del público. Incluso de sus fans más arraigados. Ya nadie quiere mirar dichas películas. Para devolverles la mirada, Kris (Hannah Einbinder) se propone reactualizar la película original. Cineasta queer de la gran ciudad, viaja al norte del país para conocer y convencer a Billy Presley (Gillian Anderson) la final girl de la película original, una estrella ahora recluida en el campamento donde se grabó la película original. Una vez allí, Kris se verá envuelta, junto a Billy, en una espiral de deseo quebrado, de miradas que no ven y de películas que no serán vistas sino vividas. Al final Little Death (Jack Haven) siempre vendrá. Y vendrá para (re)descubrirnos. Bienvenidxs a ‘Teenage sex and death at Camp Miasma’.
Un campamento, el que nos hace recorrer Jane Schoenbrun, guiado por la mirada. Una mirada que nos plantea el qué, el cómo y desde dónde, pero también qué le negamos a ésta. Una mirada que intersecciona entre la protagonista, lx espectadorx y el cine, la imagen creada, y que se difumina en la perspectiva de Little Death, entrecruzándose para mostrarnos, en últimas, el recorrido del deseo. Un deseo, a través de lo visible y lo oculto, que se nos presenta como un despertar íntimo ligado a la creación de la imagen. Una imagen concreta, que puede ser experienciada, pero también a aquellas imágenes que, aún no nacidas, nos influencian en el recorrido por el que nos lleva nuestra propia imaginación. Es en este cruce que nos ofrece la mirada en el cine —lo visto, lo mirado y lo oculto— donde se plantea realmente qué son las películas para nosotrxs, de dónde vienen y que fondo tienen. Un planteamiento actual que nos sitúa el cine, la mirada, como lugar de deseo: la imagen deseada que aun espera a ser creada pero que, aunque no la hayamos visto aún, nos provoca atracción. Una atracción mostrada en la pantalla que, como dicen las protagonistas, siempre puedes apagar.
‘Teenage sex and death at Camp Miasma’ es dibujar el deseo a través de lo que vemos, de lo que se nos oculta pero nos es latente. Y todo ello a través de las artes cinematográficas, de la vivencia que hay en ellas y, a la vez, se desprende, como nuevos despertares imaginativos. Quizás hay que morir un poquito para poder realmente ver.

