‘CARRIE’ O CÓMO ACTUALIZAR UN MITO CONTEMPORÁNEO

El mito contemporáneo se renueva, se adapta al tiempo que nos ocupa. Un tiempo donde ‘Carrie’ se ve apartada del mundo, escolarizada en casa, y donde los libros son su única ventana a lo exterior, al conocimiento. Un conocimiento que sus padres Margaret (Samantha Sloyan) y Ralph White (Tahmoh Penikett) le han negado, substituyéndolo por creencias religiosas y conspiranoicas que circundan el mundo de su hija. Una hija, Carrie White (Summer H. Howell), que se ve abocada al instituto público cuando su padre muere en extrañas circunstancias en el trabajo, mientras la madre tendrá que mantener un empleo si no quiere que servicios sociales le retire la custodia de su hija. Enfrentadas al exterior, Carrie se ve acosada por su nuevo mundo. Un mundo donde la crueldad nace en cualquier gesto, en cualquier palabra. Un acoso que se expande más allá del mundo real, despertando en Carrie sus poderes telequinésicos, despertando dónde se halla, para ella, el bien y el mal. Pero el mal, quizás, esté más cerca de lo que ella es capaz de imaginar. 

Mike Flanagan adapta la novela de Stephen King a la contemporaneidad. Una adaptación que hace énfasis en el cómo, ya que empieza a modo de documental, intentando rehacer los hechos ocurridos a través de la palabra de las personas que estuvieron allí, en esa Prom Night. Para llegar a dicha Prom Night, el guionista realiza, a través de cada capítulo a modo de introducción, relatos sobre mujeres que fueron condenadas por salirse de la norma heteropatriarcal en su momento, haciendo un paralelismo con Carrie. Dichas condenas sociales las enlaza con las redes sociales del mundo digital y su poder de condenar o aprobar ciertas actitudes y comportamientos. Actitudes y comportamientos que tienen su impacto en el mundo real. Así, fijando el cómo y la conexión entre pasado y presente, Mike Flanagan reforma ‘Carrie’ en un formato serial y de clara inspiración visual en la película de Brian de Palma realizada en 1976.

‘Carrie’ es una serie que tiene potencia en ciertas imágenes y una actualización de su discurso. Un discurso donde el conocimiento se enfrenta a la desinformación que nos impone internet y redes malignamente nombradas sociales, donde lo público y lo privado se baña en un contexto social de hipervigilancia autoimpuesta deshumanizadora. Al final, todo se enlaza en diferentes despertares donde la diferencia —que no tiene cabida en dicho contexto social y cultural— es aquello que vislumbra una posible respuesta. Si es que, ciertamente, hay alguna. 

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