‘ERASE UNA VEZ EN… HOLLYWOOD’ O CÓMO HACER UNA PELÍCULA INCONEXA

Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) es una estrella de Hollywood. Estrella que, en 1969, fracasa debido al derrumbe del Star-System de los 1950-60. Una decadencia que lo lleva a hacer películas y series que quedan olvidadas en el tiempo. Una gloria, la de aquellas décadas, que quedan en el recuerdo de algunos, en el día a día de él. De él y de su doble, Cliff Booth (Brad Pitt).

Uno acepta el fracaso y vive con ello y el otro no; la falsedad de los años 50 invade a Rick pero  no a Booth. Una falsedad que lo lleva a Italia. Lo lleva a hacer Spaghetti Westerns como estrategia de supervivencia para con su carrera, pues el movimiento Hippie ha desbancado a las películas del oeste de Hollywood. El movimiento hippie y la nueva ola de directores de los 1970.

Una ola de directores que conlleva un mundo en desaparición. Un mundo, el del Star-System; el del lujo y el derroche; el de la perfección, el de la plasticidad, puesto en segundo plano. Plano que hace de Rick Dalton y de su doble, Cliff Booth, unas leyendas de la industria. Leyendas que, marcadas por el hippismo de la época, quedan, también, en segundo plano para algunxs.

Segundo plano que, en el Hollywood de 1969, sigue muy vivo. Vivo, por ejemplo, en la mansión Play Boy; reunión de estrellas del Star-System como Steve McQueen (Damian Lewis), fiestas exclusivas, mansiones con piscina, alcohol, y la nueva oleada de directores. Todo junto. Todo en simbiosis. Simbiosis que Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) no lleva muy bien ya que lo lleva a una crisis profesional creándole inseguridades.

Otra temática de esta fábula de Quentin Tarantino es la pantalla dentro de la pantalla. En un ejercicio audiovisual, nos lleva de la grande a la pequeña pantalla. De ahí, nos lleva al set de rodaje. Del set de rodaje a la caravana de los actores, y de la caravana, nos devuelve a su película. Un juego de miradas y espejos donde se puede conocer el director en sí mismo, nosotrxs los espectadorxs, las actrices y los actores de la industria, y todo aquello que pertenece a ella.

Como cuando Sharon Tate (Margot Robbie) va al cine a ver la película donde ella actúa. No sólo va a ver el filme, también va a ver su actuación, a ver el montaje del director, la narración que a llevado a cabo y, lo más importante, la reacción del público. Sharon Tate es, en cierto sentido, una boyeur: quiere mirar sin ser vista, quiere apreciar sin destacar.

Con una buena explosión final, Tarantino recrea una película inconexa que parece realizada a base de momentos. En verdad, es un filme de memorias. Es un filme realizado para recordar aquel Hollywood que le viene a la memoria desde el presente, sin acordar que aquel Hollywood pueda ser real o no. Más bien es un recuerdo. Un recuerdo como nunca antes había narrado el director. Una obra maestra ligera —a pesar de su duración— que retrotraerá al año 1969. Una fábula para adultos.

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