‘PULLMAN’ O CÓMO RETRATAR MALLORCA DESDE LOS OJOS DE UNXS NIÑXS

Verano, ses illes de fondo. Concretamente, Mallorca. Dos niños, en Palma, empiezan sus vacaciones de verano. Sin mucha supervisión de los padres los cuales están supeditados al sector servicios y a sus horarios, Daren (Keba Diedhou) y Nadia (Alba Bonnin) empiezan un recorrido que los lleva a descubrir una ciudad con dos escenarios. Escenarios que ocupamos de diferente modo según nuestro propósito en la isla. Un road trip mallorquín desde los ojos de dos niñxs que empieza y acaba en el mismo lugar: los apartamentos Pullman.

Apartamentos que antaño fueron un espacio lujoso y hoy es un edificio casi en ruinas. Edificio que es el hogar de personas que trabajan en el backstage del escenario principal, como la madre de Nadia (Alba Bonnin) que ‘trabaja’ en un hotel o el padre de Daren (Keba Diedhou) que los construye. Una redención de una ciudad a un sector, el de los servicios, exacerbado por lo dictatorial del dinero.

Dinero que redime a aquellos que habitan la isla a servir a los que vienen. Una especie de sublevación y esclavización moderna en pos del progreso económico. Progreso que lleva a la creación de un entretenimiento fugaz: como el payaso del centro comercial que tiene problemas de alcoholismo, a la heladera a sucumbir a los deseos incontrolados de los visitantes o a la venta del propio cuerpo, como Yoima (Lara Martorell).

Entretenimiento, el de Daren (Keba Diedhou) y Nadia (Alba Bonnin), que los lleva a un teatro abandonado, a situarse delante del escenario, de la realidad, donde encuentran, guiados por un perro, a una persona que ha iniciado el viaje. Viaje sin retorno con destino Brasil. Viaje para el cual deciden que vaya bien preparado. La muerte como algo instaurado en la normalidad de la isla.

Isla que uno de sus dos escenarios es habitado por la familia real en verano; en el palacio de Marivent; una cúpula ajena al otro escenario que ocupa la isla. Misma realidad, diferentes modos de ocuparla. Ocupaciones dispares e injustas.

Toni Bestard nos lleva a las contrariedades del progreso económico que nada tiene que ver con, precisamente, el progreso. Nos enseña una isla desolada por un entretenimiento de lo absurdo, un absurdo que ha llevado, a quien la ocupa, a dos escenarios diferentes e injustos. 

‘Pullman’ lleva al espectadorx a mirar la realidad como niñxs: nos enseña a no dar las cosas por normalizadas sino a mirarlas con extrañeza pero con los menores prejuicios posibles. Nos enseña a acercarnos a ellas y preguntarnos por qué así. 

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