¿Qué es lo que se pierde y nunca se recupera? Una adivinanza, planteada por una niña (Mucheng Guo) en un momento de ensoñación amarga que nos aleja de la realidad en la que, precisamente, nos devuelve a ella. Bi Gan parte de esta premisa para plantear la incapacidad de soñar más allá de nuestros sueños como seres humanos, como parte de un todo. Plantea el sueño colectivo, vivido individualmente, que era (y es, en pocas ocasiones) el cine. Un diálogo que parece imposible de conjugar en la pantalla pero que resulta atractivo e inspirador. En el fondo de todo ello está el tiempo. Un tiempo que se dimensiona en tres momentos: el de la pantalla, el de lx espectadorx presente y el de las imágenes precedentes que vagan como fantasmagorías en ‘Resurrection’.
Unas imágenes en el tiempo de la pantalla que dibujan un reflejo de la ensoñación que emana de ella. Una ensoñación que nos lleva a adentrarnos en el ojo que ve, transportándonos hacia aquello onírico que el cine, como arte audiovisual, es capaz de mostrar, de hacernos soñar. Nos lleva, también, a la construcción previa de las imágenes que visionamos en el presente, en un ejercicio de memoria.
Un ejercicio de memoria que nos trae de vuelta las fantasmagorías visuales que vagan en las imágenes que se nos presentan en el momento del visionado. ‘Resurrection’ resucita, sin presentárnoslos, nuestros diversos imaginarios cinematográficos, nuestras construcciones individuales que hemos hecho, a lo largo de los años, con nuestras particulares historias del cine. A la vez, en esa reconstrucción individual, Bi Gan también nos recuerda el cine como una construcción colectiva, donde dichas fantasmagorías vagan entre nosotrxs, reconocibles, formando una ensoñación compartida.
Ensoñación colectiva que se da en el tiempo presente de visionado, de proyección en una sala de cine. Una sala de cine capaz de entrelazar los tres tiempos. Una sala de cine que Bi Gan resucita para mostrárnosla como un sueño colectivo vivido individualmente.

