‘THE BRIDE!’ O CÓMO REALIZAR UN FILM ANÁRQUICO 

Años 1930, Chicago. Es de noche y en un bar de la ciudad, una chica (Jessie Buckley) se divierte entre copas, cigarrillos, charlas con amigxs y risas. Conforme avanza la noche, desde otro plano, Mary Shelly, la autora de ‘Frankenstein o el moderno Prometeo’, la posee en un exorcismo que la lleva a revelar la verdad de su entorno corrupto. Una posesión, en un entorno, que la lleva a la muerte. En otro lado de la ciudad, Frankenstein (Christian Bale) acude a la Dra. Euphronius (Annette Bening) para que le ponga remedio a la soledad que le atormenta reviviendo una compañera que aniquile dicha soledad asfixiante. Así, la chica (Jessie Buckley) se convierte en ‘La novia’ de Frankenstein. Una novia que, pese a sus contradicciones creadas por el entorno en el que vive, llevará éste mismo a otros niveles de locura. Una locura que podría paliar el mundo en el que habitan. Un mundo donde los muertos nos hablan, pero no lxs escuchamos. 

Una escucha que sólo entre muertas parece que pueda producirse ya que la novia y Mary Shelly recrean un diálogo sobre los lugares que ocupan la identidad dada, la percibida y la construida, y el modo en que conversar con tus propios personajes creados te la reconfigura. Una conversación que se siente de algún modo autoreflexiva y que necesita lo anárquico precisamente por lo fragmentario que nos construye identitariamente. Una anarquía que va en contra de todo patriarcado. Un patriarcado sistemático, que incluso lleva a la novia y a Mary Shelly a actuar, a veces, conforme a él. 

Maggie Gyllenghaal realiza una película atravesada por temáticas que atraviesan los cuerpos que el capital y el patriarcado relega a los márgenes. Y lo hace a través de lo anárquico como guía transversal que atraviesa los dos principales personajes. Unos personajes que, debido a sus contradicciones, parecen dispares pero es en esa misma disparidad, la que les impregna la directora, donde todo toma sentido, aunque no lo parezca. 

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