‘LOS VAMPIRES’ O CÓMO, POSIBLEMENTE, NACE EL CINE

Año 1930, Hollywood. En el plató donde se rueda la versión inglesa de ‘Drácula’ llega Luís de Ossario (Henry Ian Cusick), un actor español en declive para rodar la versión hispana. La invención del sonido en el cine ha complicado la producción de películas y, por la noche, se usan los mismos platós para ambas versiones. En el cruce entre el día y la noche, Luís se cruza con Kurt Orlov (Thomas Kretschmann), actor que hace de Drácula en la versión inglesa por el día. En ese cruce, la rivalidad entre ambos empezará a escalar en un ambiente donde el choque de egos se entremezcla con las presiones del rodaje. Unos choques que llevarán a una fusión entre realidad y ficción, empañada por una serie de asesinatos que repercutirán en el estudio de grabación, lxs interpretes y sus actuaciones. ‘Los Vampires’ es una ensoñación del viejo hollywood. Un Hollywood de ensueño, producido desde la propia ensoñacion.

‘Los Vampires’ es una obra que nos adentra en las entrañas de la producción cinematográfica para hacernos circular por un set de rodaje donde la pérdida de los límites entre realidad y ficción nos lleva a una ensoñación. Ensoñación que se convierte en una pesadilla por los factores externos que influyen en ella y la lucha de egos de las personas que integran dicha producción.  Ensoñación que, a la vez, es la que el star system hollywoodiense aprovecha para vender. Una relación vampírica que, en la industria, es la que le permite existir. Una relación donde la inmortalidad que tanto se busca desesperadamente,  también está inserta en la imagen a través de lo inquietante. Una inquietud que resonará a lo largo del tiempo.

‘Los Vampires’ parte de la grabación de la versión hispana del clásico de Universal ‘Drácula’, rodado por Tod Browning junto a Bela Lugosi, para mostrarnos, en un ejercicio de cine dentro del cine, un proceso creativo atravesado por factores internos y externos que atraviesan a todas las personas que lo producen, llevándolos a un torbellino donde realidad y ficción, motivados por el deseo, se funden en una ensoñación pesadillesca. Un oxímoron de donde, posiblemente, nace el cine.

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