‘OCAÑA, RETRAT INTERMITENT’ O CÓMO HOY NECESITAMOS MÁS RETRATOS SIMILARES

Una representación de una persona en un dibujo, en una pintura, una escultura o una fotografía. Representación en el arte. Una descripción detallada. Hecha para entender el mundo. El mundo de una persona y el modo en que éste se refleja en sus actos, su comportamiento y sus formas. Sus formas de ser y de estar. Ese Ocaña retratado por Ventura Pons.

José Pérez Ocaña fue un pintor, performer, artista, anarquista y activista LGBTQ+ que vivió en los años 70 del siglo pasado en Barcelona. Fue todo esto y no fue nada. Fue, y lo es, un reflejo de la no determinación; de la destrucción de prejuicios; de derogar las etiquetas sociales.

En una Barcelona prejuiciada y perjudicada por la ‘ley sobre peligrosidad y rehabilitación social’ y por la mentalidad anclada en un pasado donde la modificación de conductas no estaba aprobada socialmente, andar por Las Ramblas vestido de mujer era provocador. Provocador si, socialmente, te proyectabas y te proyectaban como hombre.

Ocaña era parte de eso. Era una proyección de un hombre vestido de mujer, un pintor encapsulado en su arte religioso. Una religión, la católica y su devoción sevillana, entendida como algo inherto pero no mandatorio de una conducta gregaria.

La representación fotográfica de Ocaña conlleva la idea de desdibujar los límites. La muerte se presenta en su esencia; un dibujo de un hombre vestido de mujer paseando entre tumbas. Una persona, al fin y al cabo. Y la muerte, como siempre, asomando. Un hecho que no escapa nadie y,  nuestro paso por la vida, un guiño. Un teatro en el que tenemos que actuar todxs. “No soy travesti, soy teatrero”.

Todxs somos teatrerxs. Todxs nos vestimos por las mañanas; nos ponemos nuestro disfraz: “¿Por qué no quitarse la ropa?” Ocaña plantea. Te plantea a tí, sí, a tí, quién eres y de qué vas disfrazado hoy.

Porque el retrato intermitente de Ocaña es un espejo para todxs. Mirarnos en él nos da vértigo, por las convenciones sociales que llevamos a las espaldas, pero nos vanagloriamos de la imagen que nos devuelve la pantalla.

Y es que, cuando el contexto social y cultural es determinante, no determinarse en nada es lo más subversivo que hay.

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