‘SILVIO (Y LOS OTROS)’ O CÓMO LOS OTROS SON ÉL

El final siempre suele ser agotador. Es un lugar espacio-temporal  que nos llena de satisfacción pero que nos remite a la absurdidad de lo realizado hasta ahora. Nos deja vacíos. Un vacío que intentamos llenar con el breve tiempo que habitamos la tierra. Tiempo que, para Silvio Berlusconi (Toni Servillo) ha llegado a su fin cuando, deja de gobernar Italia y es acusado de escándalos sexuales, corrupción y conexiones con el tejido mafioso de su país. Un país al cual le encanta el entretenimiento y ‘Silvio (y los otros)’ es la principal fuente para ello. 

Entretenimiento que, en Cerdeña, Sergio Morra (Riccardo Scamarcio) produce para atraer la atención de un Silvio Berlusconi (Toni Servillo) vanagloriado por su propia egolatría que ha sabido hacer que penetre en los demás. Una admiración excesiva que nos ha llevado a entrar en su juego e incluso, a veces, a querer estarlo. Juego bañado por un entretenimiento para llenar el vacío de nuestra existencia. 

Existencia basada en la posesión del ser, de unx mismx; del control de lo que se dice, lo que se hace, lo que los demás entienden que se es. Una dominación de quien tiene el poder frente a quien se desprende de él con el fin de llenar su existencia: hay quien vive en una ‘dulce excitación’ y quien fomenta esa ‘dulce excitación’ porque ya vive en ella. 

Bacanales, fiestas orgiásticas, caer en el pecado, alteraciones de la conciencia, ritos de paso: la nueva religión contemporánea es el culto a unx mismx. Una egolatría exacerbada que nos lleva, a últimas, a engullirnos a nosotrxs mismxs; a ser el pez pescado con nuestra propia red que hemos construido con nuestras propias manos. 

Paolo Sorrentino nos lleva a aquello artificial que nos invade, nos lleva a jolgorios en Cerdeña, nos lleva a un terreno donde el espectáculo siempre gana porque vivimos en una sociedad muy necesitada de entretenimiento, nos lleva a las alteraciones de conciencias para evadirnos de nuestra realidad, nos lleva a ser un cordero más del rebaño. 

Silvio (y los otros) no hace incidencia en la figura de Berlusconi. Su planteamiento es más interesante que él, nos hace cuestionarnos qué vemos, como personas, en su figura que nos llama tanto la atención. Nos lleva a la cuestión de cuán ególatras somos y cuánto entretenimiento necesitamos para pasar nuestro breve tiempo de vida en el espacio y el tiempo que nos ha tocado vivir.

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