“FEAR STREET: 1994, 1978 , 1666” O CÓMO RECONFIGURAR EL GÉNERO DE TERROR PARA TEENAGERS

1994. Shadyside, en el mid-west, es un pequeño pueblo caracterizado por las desgracias desde hace siglos: ha habido una matanza en el centro comercial, en 1978 hubo otra en el campamento escolar Nightwing, y en 1666 hubo otra a manos del pastor del pueblo. Matanzas que, volviendo a 1994, un grupo de adolescentes descifrarán y conectarán con tal de acabar con el mal que los aflije, salvar a la novia de Deena (Kiana Madeira), al pueblo de Shadyside y sobrevivir en su tiempo. Bienvenidos a ‘Fear Street: 1994, 1978, 1666’

Bienvenidos a la regresión, a las visitas en el tiempo y a la conectividad de nuestros hechos a través de sus consecuencias. Aquello ocurrido en 1666, donde la creencia generaba más recursos y poder que lo racional, acontece en 1978 con una dominación a base de temor por la figura de Sarah Fier (Elizabeth Scopel) reencarnada en fenotipos de terror adolescente. Adolescentes que, en 1994, visionan los fenómenos terroríficos de los siglos anteriores, provocados por una bruja; por Sarah Fier (Kiana Madeira).

Bruja que encarna un fenotipo donde se va deconstruyendo con el paso del tiempo —y con el paso del filme— para reencarnarse en una nueva categorización actualizada sin perder su esencia. Una esencia que viene caracterizada —la figura de la bruja— por la construcción que realizada el/la espectadorx desde su imaginario en la pantalla y que la pantalla se encarga de ir despedazando poco a poco para realizar otra de nueva. 

Nueva como el formato al que Netflix le ha brindado a esta producción audiovisual: una película seriada, donde manteniendo la estructura clásica de tres actos —introducción, nudo y desenlace, tanto en cada película como en su conjunto— ha realizado una novedosa hibridación entre serie —estrenándolas seguidamente los viernes— y largometrajes — filmes con una duración promedia de una hora y cincuenta minutos—. Todo esto dirigido a unx espectadorx que navega, usualmente, por series de corta duración.

El slasher de Leigh Janiak nos muestra la destrucción de estereotipos y la nueva creación de fenotipos, el uso de pinceladas de nostalgia con agrado, el cine como arma política—al final sabréis el por qué— y los nuevos formatos para los nuevos públicos. 

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