‘EL SONIDO DE LA CAÍDA’ O CÓMO RELATAR EL TIEMPO COMO ESPACIO

Norte de Alemania, un mismo espacio y un siglo pasando ante nuestros ojos. Alma (Hanna Heckt), Erika (Lea Drinda),  Angelika (Lena Urzendowsky) y Lenka (Laeni Geiseler) habitan la misma granja pero en diferentes momentos. Una granja que va albergando diferentes contextos que se impregnan en aquellas personas que la habitan. Un habitar que va ligado a una continuidad que no se desliga del espacio, que permanece en el tiempo, aunque los tiempos sean diversos. Cuatro historias de vida donde la vida se va trenzando a través de la reproducción del trauma. Un trauma que reside en el espacio que es el tiempo que es, precisamente, aquello que le permite continuar. ‘El sonido de la caída’ que no se oye, se siente, permanece en la continuidad que alberga el tiempo como espacio histórico. 

Un espacio que, como espectadorxs, observamos desde ventanas, cerraduras o mirillas. Un espacio que no se nos permite ocupar, pero si mirar pasivamente, pues lo sutil reside entre los muros de la granja, entre los silencios. Unos silencios que guardan la verdad de Alma, Erika, Angelika y Lenka. Una verdad que plantea el trauma inserto en la interacción social errónea, donde la muerte se dibuja, desde el principio, como un espacio liberador, donde se reside en un plano incomprensible y liberador y, a la vez, en lo inquietante de retratarlo en una fotografía de difuntos. 

Mascha Schilinski nos retrata el tiempo como un espacio mientras lo navegamos como entes fantasmagóricos. Unos espacios que la directora dibuja en cuatro planos: el tiempo, la muerte, la historia personal de cada unx, y los silencios. Cuatro planos con los que teje lo individual y lo colectivo a través del pasar de los años, donde la reproducción social de aquello traumático no se hereda sino que se va modificando para mantenerse en el tiempo conforme las estructuras se van adaptando. 

‘El sonido de la caída’ es un relato complejo que barre las fronteras entre espacio y tiempo. Un relato que no se oye, se siente, porque las fronteras entre sentidos y sentimientos también quedan difuminadas. 

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