‘THE DEAD DON’T DIE’ O CÓMO SALVARTE DEL APOCALIPSIS

Rutina. El día a día puede ser matador. Buscar wifi, conectarte, mails, trabajo, reuniones, atender a clientes, buena cara, buena actitud, buena imagen. No estamos muertos, pero como si lo estuviéramos. El mundo actual es nuestra tumba. Los no muertos; the undead porque ‘Los muertos no mueren’. No morimos.

Centerville. Estados Unidos. El eje de la tierra ha rotado por la explotación salvaje del ser humano sobre los recursos. Las cosas están cambiando. La conducta está cambiando. Ronnie Peterson (Adam Driver) y Cliff Robertson (Bill Murray), policias de la pequeña villa intentan salvar al mundo de ese cambio de conducta; de esa invasión de zombies; de nosotrxs mismxs.

Metáfora del mundo actual en el que vivimos todxs, Jim Jarmusch nos presenta esta obra audiovisual sobre el hábito. El hábito como modo de permanecer en el tiempo. Repetición tras repetición sin plantearnos qué va más allá de éstos, de nosotrxs mismos o de nuestros actos con nuestro entorno.

Cine dentro del cine para poner, en el Grand Théâtre Lumière, la interrelación entre el espectador, lo que se muestra en la pantalla y lo que se desprende en esa misma interactuación: un espejo que hay que mirar. Hay que mirar para, no sólo verse reflejado, sino ver que el reflejo que nos devuelve es más real que la ficción que intenta retratar.

Pero vivir al margen es una posible salvación. Zelda Winston (Tilda Swinton) es una muestra. Ir más allá de nuestro entorno, de nuestra tierra. Ser un extraterrestre. Situarse en ningún lugar puede que nos ayude a todxs a volver al mundo de los vivos; lo raro es extraño, nos es ajeno. Pero lo ajeno, lo singular, siempre, nos salva de caernos muertos.

Jim Jarmusch nos presenta, como sociedad occidental, como muertos en nuestras vidas. Somos no-muertos, pero con mucho humor. En definitiva, ‘The Dead don’t Die’ es un espejo. Espejo en el que hay que mirarse —casi como una obligación— para verse, y vernos, en qué nos hemos convertido. Un espejo que nos muestra que realmente estamos, siempre, detrás de unas cámaras. Cámaras que reflejan nuestros hábitos, nuestras costumbres como animales que somos.

Pero tranquilxs, hay esperanza para salvarse del apocalipsis actual; hagamos como Zelda Winston: mantenerse al margen es una opción seductora y, si es con humor, mucho más.

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