‘THE CHAIN’ O CÓMO INFLUYE LA HERENCIA CULTURAL PATERNA

De tal palo tal astilla. La historia se repite. Se repite pero no porque haya un destino fijado. Se repite porqué los comportamientos que realizamos son aprendidos de cierto modo. Mike (John Patrick Amedori) se encuentra en esa situación: repitiendo a Michael (Ray Wise), su padre.  En su oficio, en su vida, en su enfermedad. Enfermedad que lo lleva, dada la situación actual de dependencia de su padre, a querer acabar con su vida. Pero para eso, antes, tiene que acabar con la de otra persona. La de Piedad (Neus Asensi). Así funciona ‘The Chain’.

La herencia cultural es aquello material e inmaterial  que trasciende de una generación a otra. Es aquello impregnado por la creatividad que define un modus vivendi  de un pueblo, un grupo de personas o de personas individuales. Esa es otra cadena que se traspasa entre Mike (John Patrick Amedori) y Michael (Ray Wise). Es un entorno que define unos comportamientos. Comportamientos que definen unos actos y, actos, que conllevan unas consecuencias.

Pero dichas consecuencias no son siempre el resultado de unos actos percibidos colectivamente.  A veces, son percepciones individuales llevadas a lo colectivo por el hecho de expandir la vivencia personal; hacer de lo único, lo colectivo. De lo propio a la herencia cultural.

Herencia cultural que nos enseña que la vida tiene que valer la pena vivirla. Herencia cultural judeocristiana. Con cierto conformismo. Con la apreciación, obligatoria, de la vida aunque la vida no sienta aprecio por nosotrxs. El acabar con ella no es una opción dentro del marco de la herencia cultural. El poder de decisión en el individuo sobre la vida de éste pertenece a su entorno. Pertenece al colectivo que, por ende, no representa más que la propia visión individual que se tiene sobre él.

Es, así, una cadena. Una pieza enlazada con otra que lleva a una reflexión sobre lo que obtenemos en el entorno en el que nos ha tocado vivir, las percepciones individuales que inundan nuestras actuaciones y comportamientos, y las percepciones colectivas que nos moldean en el presente. En el fondo, nuestra vida y las decisiones que ejercemos —y, sobretodo, ejercen los demás— en el vivir individual.

David Martín-Porras nos sumerge en un laberinto de espejos. Espejos que reflejan lo que sí y lo que no queremos ver. Unos reflejos sobre lo que hemos heredado, lo que percibimos como seres individuales, lo que los demás nos dicen que perciben sobre nosotrxs y el balance de nuestra vida: la decisión final sobre si vale la pena vivir la vida y cómo ésta no nos pertenece para nada. Un laberinto de espejos que nos devuelve una imagen paranoica de nuestra realidad encarcelada, aún, en muchos frames culturales.

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