‘QUERELLE’ O CÓMO JUGAR CON EL IMPULSO Y LA DOMINACIÓN

Desde los mares, llega Querelle a Brest, Francia.  De Bélgica. Un hombre atrapado en su cuerpo perfecto; atrapado en la admiración que sabe que es capaz de provocar en los demás y el poder de dominación que le permite esta situación. Situación que él, Querelle (Brad Davis), aprovecha para traficar con drogas, asesinar, cometer actos violentos e impuros según la sociedad, y practicar sexo con otros hombres. Hombres que lo cambiarán para siempre, hombres que lo situaran en la belleza y, la belleza, fuera de las convenciones sociales; con superioridad moral.

Lo bello como aquello sublime. La belleza como aquel tributo inherente a un objeto, animal o persona capaz de provocar placeres sensoriales intelectuales o espirituales. La belleza como un tipo de redención. Redención estética motivada por el estudio y la percepción de la belleza. Querelle (Brad Davis) es belleza en sí, pero belleza con la pasividad y las connotaciones que ésta conlleva: un objeto pasivo contemplado en sí mismo. Pasividad que intenta redimir con sus acciones las cuales actúan dentro de este mismo esquema. 

Acciones, como traficar con opio, que le dan una actividad social enfrente de la pasividad estética que es capaz de desbordar. Desborde que lo lleva al límite del esquema: de la dominación y del dominado; de cuando practica sexo con Nono (Günther Kaufmann), de cuando conoce a Gil (Hanno Poschl) un asesino de verdad y acaba enamorándose de él por lo que hizo y no por lo que es.

El nuevo cine alemán nos trae un cine de cartón piedra. Un cine donde la belleza y lo estético es un diálogo permanente y muy recurrente. Querelle (Brad Davis), como personaje, es la muestra particular de dicho juego dentro de este esquema y, la película de Rainer Werner Fassbinder una muestra general de dicho dialogo.

Diálogo que muestra la necesidad primaria de autodestrucción ya sea por el ambiente o por las acciones de los demás o las acciones propias: un impulso de destrucción innato. Impulso prolongado donde belleza, estética y masculinidad se ponen en entredicho para hacer tambalear un juego de dominio que fundamenta la sociedad falocéntrica.

Un juego audiovisual donde cada persona mata las cosas que ama y donde la belleza se une con la belleza. Impulso y dominación como combinación primordial.

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