‘AYKA’ O CÓMO TE ARREBATAN EL SER SISTEMATICAMENTE

Situarse en un no-lugar, en una situación donde unx no es; sólo está. Está para que lxs demás sean. Ayka (Samal Yeslyamova) no es, sólo está. Está para trabajar pero nadie le da trabajo, está para vivir pero nadie la deja, está para ser madre pero el entorno se lo prohibe. Prohibición que la lleva a abandonar a su hijo recién nacido en un hospital de Moscú. Ciudad, Moscú, que la sitúa en el estar y no la deja ser, ciudad que la deshumaniza para su propio interés. Ciudad corrompida, sueños rotos como los de ser costurera. Sueños rotos como los de Ayka (Samal Yeslyamova).

Sueños perseguidos y no alcanzados. Moscú, desde Chuy, desde Kirguistán, desde la pobreza, desde la promesa de una vida mejor, desde un sistema corrupto que aprovecha las desventajas económicas de unxs para posicionarse en la pirámide deshumanizadora capitalista: en el extremo inferior se sitúa Ayka (Samal Yeslyamova), en el superior los ‘ciudadanxs’ rusxs con sus coches caros y sus perros recibiendo un cuidado excelente y, en medio, una organización mafiosa que se encarga de proporcionar mano de obra barata y que une ambos extremos. 

Extremos como el Moscú rudo, deshumanizado, donde todxs, y no sólo la protagonista, va en contra de la natura. Natura que posee su cuerpo y que ella intenta racionalizar para satisfacer su deuda con la mafia que la llevó de Kirguistán a Moscú con promesas falsas. Natura que la posee cuando le sube la leche para amamantar a su bebé. Bebé que ha tenido que abandonar por la dureza de su situación. Situación que la lleva a obviar su cuerpo; a negarse; a reproducir el comportamiento de aquellxs que la hacen sólo estar y no ser.

No ser porque, por estructura, por definición sistemática, por política, por interés de los de arriba con los de abajo, el racismo estructural con lo ajeno, lo otro, se vuelve ‘necesario’ para mantener ese sistema injusto y deshumanizado. Deshumanizado, racista y corrupto cuando la policía invade los pisos ilegales donde, como Ayka (Samal Yeslyamova), viven más inmigrantes en situación ilegal y no son apresados la mafia que alquila dichos pisos sino aquellxs quienes los habitan. 

Sergey Dvortsevoy nos acerca a una realidad desgraciadamente muy común. Una realidad entre un racionalismo exacerbado y una naturaleza obligatoria. Unos planos cercanos y fríos, silenciosos, donde dialogan la natura y la cultura, donde dialogan las calles de Moscú con las personas que las habitan.

 Ayka es un relato migrante; un ‘The Revenant’ situado en la contemporaneidad con pinceladas fotográficas del cine de Pawel Pawlikowski

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