‘THE MAN IN THE HIGH CASTLE’ Y LO METAFÍLMICO HECHO REALIDAD

Trascender. Una imagen. Una palabra. Imaginación. Imaginación como realidad. La ciencia —ficción como racional; como ciencia; como realidad. Realidad paralela. El cine es una realidad paralela. Una ventana a aquello visible, imaginable y, en consecuencia, real. Real pero intangible.

Lo audiovisual es un frame. Una porción de un ente imaginario —el director y su equipo, en este caso— que muestran una ventana a un relato, una narrativa. Narrativa, en sí, que se comprende dentro de un mundo más amplio y que muestra un modo de actuar, de hacer, un estilo de vida, unos hábitos, definidos, dentro de un todo.

‘The Man in the High Castle’ relata esa narrativa. Relata el poder de un film; de una imagen; de un sonido. Poder en cuanto éste no es real, tangible, pero sí expresa una realidad. Una película dentro de una película y, en consecuencia, lo que se desprende de ella, lo metafílmico. Una imagen vale más que mil palabras pero, si juntas la imagen con las palabras —lo auditivo— el poder desprendido es inmenso.

Imagina una visión paralela a tu realidad. Realidad definida por un gobierno dictatorial nazi dominando Europa y la mitad de EE.UU.. La otra mitad gobernada por las autoridades japonesas. La segunda guerra mundial ganada. Pero ganada por los japoneses y los nazis, y el mundo dividido entre ellos.

Los polos se agudizan; se acentúan. Los japoneses son racistas con las personas de otros orígenes. Los nazis, encabezados con la búsqueda de una ‘raza óptima’ inexistente, supuestamente superior.  En medio de ellos, una zona neutral; un midwest decadente donde va a parar todo aquel o aquella que no quiere ser encontrado o que quiere encontrarse a sí mismo, liberando a los demás de lo impuesto; de la visión que quieren que veas.

Donde hay un opresor, hay un oprimido. Oprimido que lucha a través del poder de los films. Una película es una manera de entender nuestro entorno y de procesarlo. Es un modo, diferente o igual al nuestro, de aprehender. Aprehender la realidad más cercana, los acontecimientos que nos pasan a diario y los que no nos pasan nunca. Es, en definitiva, un modo de crear un ideario. Ideario tomado como real ya que, por el poder de la imagen y lo auditivo, nosotros, como espectadores, como observadores, lo tomamos como factible.

La modificación de nuestra conducta viene definida por el estilo de vida que llevamos y que, a la vez, vamos modificando con las relaciones sociales pero, también, con lo que nos es mostrado, lo que visualizamos. En el cine, los gustos y preferencias vienen denotados por lo fílmico y lo metafílmico. Esto es lo que la pantalla induce y lo que extraemos de ella.

‘The Man in the High Castle’ somos todos. Todos vivimos en un castillo imaginario donde proyectamos películas a nuestro gusto, para recrear nuestro consciente, nuestro inconsciente, acercarnos a otras visiones de la realidad o descubrir otros mundos. El mérito de esta serie televisiva reside justamente aquí; en mostrar el cine dentro del cine en una ucronía gobernada por nazis, japoneses racistas y un hombre que realiza películas sobre acontecimientos futuros.

La idea del cine dentro del cine desprende, en el fondo, una tenencia de poder. El contenido de las imágenes refleja una visión. Visión que, al ser filmada y, por lo tanto realizada —que no deviene verídica— se toma por el espectador como algo real o, por lo menos, algo posible.

De aquí, se entiende el miedo que el régimen nazi tiene de los films que hace circular el hombre en el castillo pero que, a la vez realice sus películas para ensalzar las ideas que quieren propagar. En la primera temporada vemos que el hombre en el castillo es Hitler. En la segunda, vemos que el hombre en el castillo es una persona que almacena películas donde se muestran acontecimientos futuros. Los dos son ese preciso hombre. Las intenciones detrás de ellos son las que cambian.

Si hay tres personajes que resumen la esencia de la serie son Juliana Crain (Alexa Davalos), Obergrupperführer John Smith (Rufus Sewell) y Frank Frink (Rupert Evans). Ellos son el despertar, la resignación y la conformidad. Conceptos presentes, siempre, en el transcurso de la serie y en todos los personajes pero, en ellos, con más fuerza ya que representan las esquinas fundamentales para construir este triangulo seriéfilo.

Despertarse de un sueño. Un sueño maravilloso o horrible. Da igual. Despertar es siempre sinónimo de estar vivo, de vivir tu realidad, afrontándola, apropiándote de ella. Juliana Crain (Alexa Davalos) despierta por un film que le entrega su hermana. Film que recrea un lugar no real, pero plausible. Film que, a la vez, le hace despertar y vivir una pesadilla; aliarse con ella misma, dejando ideales japoneses y del reich americano a un lado. Un nuevo despertar para ella.

Resignarse. Resignarse o morir. O eso dicen. El Obergruppenführer John Smith (Rufus Sewell) sabe de ello. Sabe aceptar, con paciencia,  cualquier estado o situación perjudicial.  A veces, para salvarse hace falta convertirte en tu peor enemigo. Eso mismo hace John: sobrevivir.

Conformidad. Saber estar aún conociendo la situación que te envuelve, el entorno que te guía. Es saber diferenciar lo justo de lo injusto, desde tu prisma. Aún así, ser mecánico en tu vida: trabajar porque hay que trabajar, obedecer porque hay que obedecer, seguir porque hay que seguir y no por curiosidad. Frank Frink (Rupert Evans) es esta  conformidad.  Hasta que rompe con ella.

‘The Man in the High Castle’ es un proceso de conformidad; con el entorno y la situación. De resignarse: aceptación de la situación aún sabiendo lo perjudicial que es. Y de despertar: saber actuar; ni con un bando ni con otro. Saber actuar contigo mismo; ser consecuente con el entorno. Es, en definitiva, una actuación de lo metafílmico dentro de un film —una serie, en este caso— y de lo metafílmico con el film y, a la vez, con el espectador. Es un despertar. Despertar para todos nosotros. Despertar en nuestros tiempos, en nuestro mundo.

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