‘LES MISÉRABLES’ O CÓMO HOMO HOMINI LUPUS

Francia. Año 1993. Stéphane (Damien Bonnard) pide cambio de brigada contra el crimen  para estar más cerca de su hijo.  Es policía en Montfermeil, un suburbio de las afueras de París. Allí, descubre los abismos existentes entre los residentes y los abismos que hay en su nuevo equipo de la brigada. Mientras, un dron firma cada gesto, cada mirada, cada actuación, cada situación. ‘Les Misérables’ de Ladj Ly.

Todo sobre el control y la desconfianza del ser humano sobre y para el ser humano. El policía representa un elemento potenciador de las actuaciones del Estado. Un control que se ejerce con la desconfianza desmesurada.  En Montfermeil, los que controlan el asunto —el suyo— y los que obedecen a éste: la banda que maneja los hilos y los que se encuentran atados por dichos hilos.

Todo gobernado por la tecnología; por el nuevo ojo que todo lo ve, todo lo siente y todo lo sabe. Nuestra arma más fuerte y nuestro talón de Aquiles. Depende del emisor y del receptor. 

Johnny, un cachorro de leona desaparece en Montfermeil de un circo gestionado por personas de etnia gitana que acaba de llegar al barrio. Acusar es lo más fácil, lo más directo y lo que da más ‘resultado’. Un adolescente africano es el blanco de la acusación. En medio, los que controlan el asunto. En medio, la brigada contra el crimen de la policía. Una chispa como ésta y la guerra está servida.

Control y desconfianza es un cocktail Molotov muy peligroso. Unido a la tecnología, más. La libertad, en el sentido más práctico, que nos ha dado ésta precede, y mucho, pero también nos emprisiona: estamos, más bien seguimos, en la caverna de Platón, mirando las sombras que se proyectan en la roca.

Sombras que proyectan unas conductas repetitivas y reproductoras de ciertos modelos de conducta social. Las personas somos animales de costumbres, de hábitos, de imitación. Esto la tecnología no lo ha podido cambiar; seguimos aquí y seguimos así.

Seguimos, en definitiva, atrapados en lo que la reproducción social nos enseña. Nos sigue predeterminando a ciertas conductas. Aún así, como seres razonables que somos —o que parecemos— esa conducta se puede romper, aunque no sea tarea fácil.

Ladj Ly nos  desafía en esta obra maestra del cine contemporáneo a elegir. Elegir si queremos perpetuar o resquebrajar. Si queremos seguir mirando las sombras dentro de la cueva o, por lo contrario, salir de ella y ver qué es lo que proyecta dicha sombra. Nos enseña a analizar quiénes son ‘Les Misérables’ dentro de este juego; nos enseña que, como Victor Hugo aseguraba, ‘No hay malas hierbas ni hombres malos; sólo hay malos cultivadores”. Nos enseña que la última elección, siempre es tuya.

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